Tesis teológicas sobre la Divina Predestinación
Tesis teológicas sobre la Divina Predestinación
Franciscus Gomarus

Título de la obra original
SEXTA DE LAS DISPUTAS TEOLÓGICAS,
SOBRE LA PREDESTINACIÓN DIVINA,
La cual, por autoridad de la Reverenda Facultad de Teología, bajo la presidencia del distinguido D. Franciscus Gomarus, Doctor en Teología Sagrada y profesor ordinario de la famosa Academia de Leiden entre los bátavos, con Dios, yo, Nicolaus ab Otten de Ypres, me esforzaré por defender, el 11 de julio del año 1601, a la hora y en el lugar habituales.
Leiden, en la imprenta de Johannes Patii, en el año 1601.
Dedicatoria
Nicolás de Otten, de Ypres,
entrega, dedica y consagra estas tesis
sobre la predestinación de Dios,
en señal de debido respeto y afecto a su muy querido maestro,
D. Francisco Gomaro,
un hombre que destaca por su piedad y erudición,
doctor en Teología Sagrada
y profesor de la Academia de Leiden, la más célebre entre los bátavos.
Tesis teológicas sobre la Predestinación
Tesis I
Al disponerme a hablar de la predestinación de Dios, creo que debo comenzar con una explicación del término, que es bien conocido en este ámbito. El latín praedestinare (predestinar) y, por tanto, praedestinatio (predestinación), se corresponde en griego con προορίζειν y, por ende, con προορισμός. Estas palabras significan, en primer lugar, decidir y determinar algo antes de que suceda; y, en segundo lugar, apartar algo de otras cosas y destinarlo a determinados fines. Estos dos significados se unen en el nombre de Predestinación, que (en términos generales) es aquel decreto de Dios por el cual preordenó eternamente todas las cosas y las destinó a aquellos fines a través de los cuales sería glorificado. Ahora bien, dado que esta predestinación es doble —una de las cosas, otra de las personas—, hemos decidido tratar principalmente de la predestinación de las personas, y específicamente de los seres humanos.
II
La predestinación de los seres humanos es, por lo tanto, el decreto inmutable de Dios relativo a su salvación o condenación eterna, para la manifestación de su propia gloria. Sus dos partes son la elección y la reprobación. Pero antes de pasar a la exposición detallada de cada una de ellas, es necesario exponer primero ciertos aspectos comunes a ambas.
III
Estas características comunes son las siguientes. En primer lugar, la causa eficiente, la causa motriz y la causa final de ambas son las mismas: la causa eficiente es Dios, la causa motriz es la voluntad de Dios, y la causa final es la gloria de Dios, que emana de la gracia y la misericordia hacia los elegidos, y de la justicia hacia los réprobos. Además, el sujeto de ambas es el mismo: la raza humana. Los atributos que se derivan de ambas son igualmente comunes: (1) ambas son eternas; (2) ambas son absolutas —pues Dios eligió a quienes eligió sin ninguna condición, y reprobó a quienes reprobó sin ninguna condición—; (3) ambas son sabias; (4) ambas son libres; (5) ambos son inmutables, de lo cual se deduce, en primer lugar, que el número tanto de los elegidos como de los reprobados es tan cierto ante Dios que no puede ni aumentarse ni disminuirse; y, en segundo lugar, que los elegidos no pueden convertirse en reprobados, ni los reprobados en elegidos.
IV
Una vez expuestas estas características comunes, pasemos a la explicación detallada de cada parte. La elección (de la que trataremos en primer lugar) es aquella predestinación por la cual Dios, movido por el afecto benévolo de su voluntad, antes de que se pusieran los cimientos del mundo, decretó a qué personas tomaría a su debido tiempo de entre las demás, adoptaría a los que tomó como hijos por medio de Jesucristo y conduciría a los adoptados, por los medios adecuados, a la glorificación eterna, para alabanza de su gloriosa gracia.
V
La causa eficiente se sitúa en la definición: Dios. Se establece que la causa por la que Dios fue movido a elegir no es ni la voluntad del hombre (puesto que es posterior en el tiempo y en la naturaleza), ni la fe prevista (pues fuimos elegidos no porque fuéramos fieles, sino para que fuéramos fieles), ni las buenas obras (puesto que, al ser efectos de la predestinación, no pueden ser su causa), ni siquiera el mérito del mismo Cristo (pues el mismo Cristo, en cuanto Mediador, fue elegido desde la eternidad), sino únicamente la εὐδοκία [el beneplácito] y la voluntad de Dios, o su mero beneplácito, fundado en su amor gratuito.
VI
Aunque nuestra elección surge únicamente del propósito de la voluntad divina, era necesario, no obstante, algún medio por el cual naturalezas tan diversas pudieran unirse. Este medio es Cristo —no en cuanto es simplemente Dios (pues en ese sentido también nos eligió), ni en cuanto es simplemente hombre (pues un mero hombre no era un medio adecuado en el que pudiéramos ser elegidos)—, sino en cuanto es el θεάνθρωπος [Dios-hombre], nuestra cabeza eterna y mediador.
VII
Ahora bien, pasando del medio supremo en el que somos elegidos a los medios por los que somos conducidos al fin —es decir, a la vida eterna—, decimos: existen ciertos medios por los que Dios conduce a sus elegidos a la salvación, y todos los que están predestinados al fin están también predestinados a todos los medios sin los cuales el fin no puede obtenerse. Por lo tanto, tan cierto como que los elegidos alcanzarán finalmente el fin —la vida eterna—, tan cierto es que también deben caminar y ser guiados a través de los medios ordenados para ese fin. Todas estas cosas, tanto el fin como los medios, son efectos de la elección, cuyos componentes principales son: la mediación de Cristo, la adopción, el llamamiento eficaz, la fe salvadora, la justificación y la glorificación.
VIII
El sujeto a quien se aplican estas cosas son los seres humanos —no todos ni cada uno de ellos, aunque sí muchísimos—, sino pocos si se comparan con el gran número de los réprobos. Sin embargo, toda persona está obligada por el mandato de Dios a creer que se encuentra entre esos pocos, es decir, a creer que ha sido elegida y predestinada en Cristo para la vida eterna y la salvación; sobre todo quien profesa fe en Cristo, quien no solo debe estar convencido de su propia elección en Cristo, sino también esperar lo mismo para sus hermanos en Cristo, y no desesperar de los demás. Y esto es todo en cuanto a la primera parte de la predestinación: la elección. Sigue la segunda parte: la reprobación, de la que también diremos algunas cosas.
IX
Que la reprobación existe lo atestigua la Escritura y lo demuestran otros argumentos. La definimos brevemente así: La reprobación es aquella predestinación por la cual Dios pasó por alto a ciertos individuos en la elección y los destinó a la condenación eterna —que se cumplirá por sus propios medios a causa de lo que se merecen— para la gloria de su justicia.
X
La causa motriz de esta reprobación no puede encontrarse fuera de Dios: pues, así como la voluntad de los santos, la fe prevista y las buenas obras no fueron la causa de su elección, del mismo modo la impiedad prevista de los impíos, u otros pecados, no fueron en modo alguno la causa por la que fueron reprobados por Dios. Pues, así como Él eligió a los primeros según el propósito de su voluntad misericordiosa, así también reprobó justamente a los segundos según el mismo propósito de su voluntad, aunque nadie es condenado sino por causa de los pecados.
XI
De la reprobación se derivan tres cosas: la privación de la gracia, los pecados y los castigos por los pecados. Con respecto a la primera y la última —es decir, la privación de la gracia y los castigos por los pecados—, se dice con razón que los réprobos fueron preordenados para ello. Pero con respecto al pecado en sí mismo —puesto que Dios no es en nadie el autor del pecado en cuanto tal, sino que más bien lo odia y se aparta de él—, nadie fue predestinado al pecado, en cuanto que el pecado es pecado.
XII
Y esta es la doctrina de la predestinación que, al ser verdadera y ortodoxa, es también útil y necesaria, y ha sido transmitida con este propósito: en primer lugar, para que, apoyándonos en este fundamento —que somos elegidos en Cristo—, podamos, evitando la Caribdis de la desesperación, navegar con firme confianza y certeza de nuestra salvación en Cristo; luego, para que, despojados de toda confianza en nuestra propia dignidad y méritos, y evitando la Escila de la confianza en nosotros mismos y el orgullo, en nuestra navegación nunca miremos hacia nosotros mismos, sino siempre hacia el timonel, hasta que por fin lleguemos al ansiado puerto de la vida eterna. Amén.
FINIS
