¿Por qué también cantamos himnos?
¿Por qué también cantamos himnos?
Alan D. Strange
En el último siglo y algo más, especialmente en el evangelismo norteamericano, los himnos han eclipsado a los salmos en la liturgia de la iglesia. De hecho, en los últimos años, los himnos han dado paso en muchas comuniones a las omnipresentes canciones y coros bíblicos. Esperamos que el próximo Trinity Psalter Hymnal contribuya a la recuperación tanto de una salmodia como de una himnodia robusta.
Esta pérdida relativamente reciente del canto de salmos es bastante notable, especialmente en las iglesias reformadas y presbiterianas, cuyas liturgias consistían históricamente en su mayor parte o exclusivamente en salmos. Pretendemos que este libro contribuya a la recuperación del canto de salmos en todas esas iglesias, y en los últimos tiempos hemos visto signos esperanzadores en ese sentido. Al mismo tiempo, queremos fomentar la recuperación de una himnodia de primera categoría.
Como cristianos presbiterianos y reformados, afirmamos que debe haber una garantía positiva en las Escrituras para lo que hacemos en el culto. No somos libres de hacer simplemente lo que queremos, al menos en lo que se refiere a los elementos del culto: la Palabra, los sacramentos, la oración, el canto, etc. (Existe libertad con respecto a las circunstancias del culto, como la hora, el lugar, etc.). Algunos han afirmado que la alabanza que rendimos a nuestro Dios en los cantos durante el culto debe estar restringida por ese principio a los salmos. Otros han afirmado que se pueden añadir himnos a los salmos y que la Biblia lo justifica. Nosotros nos decantamos decididamente por la segunda opinión.[1]
El culto en los tiempos bíblicos
A veces se argumenta que, en los tiempos del Antiguo Testamento, la congregación cantaba salmos de forma evidente; y de hecho, en algunos salmos existe un claro patrón de respuesta entre el líder y la congregación que apuntaría a tal participación. Además, es probable que algunos salmos se utilizaran en el ámbito familiar y personal, como sugiere su contenido. Sin embargo, gran parte del uso habitual del Salterio se daba en el templo por parte de los sacerdotes o levitas, especialmente por aquellos designados como músicos.[2] Por lo tanto, no eran mayoritariamente los laicos hebreos en el culto del templo los que cantaban los salmos, sino los coristas/músicos de las clases levíticas y sacerdotales. Tras la destrucción del primer templo (en 586 a. C.), tanto en el exilio como luego de este, los judíos desarrollaron el culto en la sinagoga. Existen pruebas tanto de solistas seleccionados en el culto de la sinagoga (que continúa hasta hoy en la tradición del cantor judío y otros cantantes entrenados) como de un uso más amplio por parte de la congregación de al menos algunos de los salmos. Evidentemente, fue la sinagoga la que familiarizó a los judíos con todo el salterio.
La sinagoga, más que el templo, proporcionó el modelo para la iglesia al entrar en la era cristiana. La iglesia cristiana antigua cantaba colectivamente más salmos que los judíos de antaño, y sin duda más que los judíos que vivieron antes de la época de la sinagoga. Sin embargo, hay evidencias de que desde los primeros tiempos de la iglesia del Nuevo Testamento se cantaban otras escrituras además de los salmos. La iglesia primitiva cantaba el himno del Éxodo (Éx. 15:1-18), el Cántico de María (Lc. 1:46-55), el Cántico de Zacarías (Lc. 1:68-79), el Cántico de Simeón (Lc. 2:29-32), los cánticos registrados por Pablo (posiblemente en Fil. 2:5-11; Col. 1:15-20; 1 Ti. 3:16) y otros cantos del Antiguo y Nuevo Testamento. Las referencias en Hechos, 1 Corintios y Apocalipsis respaldan aún más esta afirmación.[3] En el Trinity Psalter Hymnal se encuentran cantos basados más o menos directamente en estos pasajes.
El culto en la historia de la Iglesia
Plinio el Viejo ofrece un testimonio pagano de distintos himnos al señalar que los cristianos cantaban un «himno a Cristo como Dios». Justino Mártir sugiere lo mismo en su Primera Apología, al igual que Hipólito en la Tradición Apostólica. Tertuliano menciona especialmente la práctica de la iglesia antigua de cantar en el culto «algo de las Sagradas Escrituras o algo de [su] propia composición».[4] Dicho esto, parece ser que la iglesia antigua, en particular la iglesia romana y las asociadas a ella, cantaban predominantemente salmos o canciones extraídas directamente de las Escrituras en las iglesias, reuniéndose como lo hacían entonces en las casas de los miembros.
Aunque tenemos fragmentos de himnos de la iglesia antigua, el himno completo más antiguo es el de Clemente de Alejandría (ca. 150-220), «Pastor de la tierna juventud». Otros himnos atribuidos a los Padres de la iglesia antigua son «Oh luz que no conociste el amanecer» (Gregorio de Nacianceno, 325-390), «Oh esplendor de la gloria de Dios» (Ambrosio de Milán, 340-397) y «Engendrado por el amor del Padre» (Aurelio Clemente Prudencio, 348-413). Existen algunos himnos más de la iglesia antigua e incluso más de la iglesia medieval que vale la pena cantar hoy en nuestra adoración.
¿Cantaban la primera generación de reformadores himnos además de salmos? Antes de abordar esa cuestión, debemos señalar que la Reforma abrazó la salmodia porque esta era muy importante en la iglesia antigua. La Reforma, en gran medida, supuso una recuperación del canto congregacional, tal y como existía en las iglesias que se reunían en casas, cuando la iglesia aún estaba bajo persecución (hasta principios del siglo IV). Como señala Hughes Old, «los primeros cristianos cantaban salmos en la celebración de la Eucaristía y en las oraciones diarias de la mañana y la tarde durante la semana… [también] a la hora de las comidas… [y] en el trabajo y durante los momentos de silencio y meditación al mediodía y por la noche. Era precisamente este ideal el que los reformadores deseaban ver restablecido».[5]
La salmodia, que en el culto del templo del Antiguo Testamento había pertenecido principalmente al sacerdocio, pasó en la Edad Media a pertenecer al clero secular de la parroquia y, especialmente, al clero regular del monasterio, al igual que la himnodia; tanto la salmodia como la himnodia de la época solamente podían ser cantadas, por lo general, por músicos entrenados. En otras palabras, la Edad Media fue testigo de la desaparición del canto accesible como parte habitual de la vida de la congregación y del traslado de gran parte de la música, muy ornamentada y difícil, al ámbito exclusivo del clero especialmente entrenado para cantarla.
La Reforma buscó así volver a una salmodia que toda la congregación pudiera cantar. También tenía, volviendo a la cuestión de los himnos, un compromiso con una himnodia fuerte. Los centros de las reformas litúrgicas reformadas fueron Estrasburgo, Constanza y Ginebra. El Salterio de Estrasburgo de 1537 contenía numerosos cánticos que no eran salmos, lo que algunos llamaban «himnos de composición meramente humana». Lo mismo ocurría, y aún más, con el Himnario de Constanza de 1540. En menor medida, también lo hacía el Salterio de Ginebra de 1542. Mientras que Calvino, y por tanto Ginebra, preferían claramente los salmos (y un número menor de himnos), otros reformadores (como los de Constanza) tenían una visión más positiva de los himnos, citando precedentes de la iglesia antigua.[6]
Enseñanzas bíblicas sobre el canto
Podríamos seguir analizando la historia de la iglesia, pero en última instancia eso es descriptivo y no prescriptivo. Comprometidos como estamos con la Biblia como nuestra autoridad definitiva, la pregunta debe ser: ¿prescribe la Biblia lo que se debe cantar en el culto y prohíbe todo lo demás? ¿Enseña la Biblia que únicamente se pueden cantar los salmos, por ejemplo?
Simplemente no es así. Calvino y los reformadores que compartían su opinión, especialmente en su lectura de los padres de la iglesia, parecían preferir los salmos como material adecuado para cantar, no por una cuestión de principios, sino por razones pragmáticas: los salmos fueron escritos para ser cantados y eran la Palabra de Dios.[7] Por lo tanto, los salmos eran seguros y no tenían el tipo de problemas que plagaban la himnodia en el siglo II y los siglos siguientes, cuando los herejes comenzaron a escribir himnos. Claramente era más seguro, razonaban muchos reformadores, ceñirse a los salmos y otras palabras de las Escrituras destinadas al canto o aptas para él. Sin embargo, no descartaban los himnos fieles a la Biblia.
¿Qué hay del Nuevo Testamento? Dado que no creemos que el Antiguo Testamento prescribiera únicamente salmos, y habiendo señalado la situación predominante en el culto tanto en el templo como en la sinagoga, no sería razonable pensar que el Nuevo Testamento prescribiera exclusivamente la salmodia. En los demás elementos —la predicación y la oración, por ejemplo— son comunes y esperables las expresiones improvisadas y extra bíblicas (que están claramente en consonancia con la enseñanza de la Biblia). La oración, en particular, es relevante aquí, sobre todo porque gran parte de lo que se canta está dirigido a Dios. Si solo podemos cantar a partir de las Escrituras, ¿por qué no estamos igualmente restringidos en nuestras oraciones? Sin embargo, no se han presentado argumentos serios que nos obliguen a orar solamente con las palabras de las Escrituras y nos prohíban orar de manera improvisada y con nuestras propias palabras.[8]
También es impensable que, en todos nuestros cantos colectivos en la iglesia, nunca cantemos nada que contenga el nombre explícito de nuestro Señor Jesucristo. Se han hecho intentos poco convincentes para afirmar que los Salmos nombran o invocan explícitamente a Cristo; sin embargo, las Escrituras simplemente no lo hacen explícitamente hasta el Nuevo Testamento. La idea central de la historia redentora, tal y como se expone en las epístolas paulinas y en el libro de Hebreos, es que lo completo ha llegado y lo provisional ha dado paso a lo nuevo, por lo que debemos proclamar a todo el mundo que Jesucristo es el Señor. Por lo tanto, debemos adorar con la máxima claridad, ya que todas las sombras que tipificaban lo antiguo han dado paso a la brillante luz de lo nuevo, en el evangelio revelado de Jesucristo. Los himnos registrados en el último libro de la Biblia, Apocalipsis, nos proporcionan especialmente un patrón claro de alabanza hímnica al Cordero inmolado antes de la fundación del mundo, a quien se debe toda la gloria.
No existe nada en el Nuevo Testamento que insinúe que este glorioso mensaje no estará en nuestros labios al predicar, orar y cantar, tanto en la forma implícita que toma en los Salmos como en la forma explícita que toma en los himnos, que vemos ejemplificados en las páginas del Nuevo Testamento y en la iglesia antigua.[9] Y luego lo vemos en todos los períodos sucesivos de la iglesia, que continúa aplicando la Palabra de Dios en todas las épocas en toda su adoración: predicando, orando y cantando de manera acorde con la Palabra, buscando comunicar el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea el honor y la gloria por siempre. Amén.
El autor, ministro de la Orthodox Presbiterian Church, enseña en el Seminario Reformado Mid-America.
New Horizons, junio de 2017.
[1] The Reports of the Committee on Song in Worship (junto con un informe minoritario) a las Asambleas Generales 13ª y 14ª (1946, 1947) de la OPC (disponible en www.opc.org/GA/song.html) definió y afirmó el «principio regulador del culto», argumentando que cantar himnos y salmos está en consonancia con dicho principio (una minoría no estuvo de acuerdo).
[2] Tim Dowley, Christian Music: A Global History (Minneapolis: Fortress Press, 2011), 11n25.
[3] Hughes Oliphant Old, Worship: Reformed according to Scripture (Louisville: Westminster John Knox Press, 2002), 36–40.
[4] Hughes Oliphant Old, The Patristic Roots of Reformed Worship, American Edition (Black Mountain, SC: Worship Press, 2004), 235–36, 260.
[5] Hughes Oliphant Old, The Patristic Roots of Reformed Worship, American Edition (Black Mountain, SC: Worship Press, 2004), 258.
[6] Hughes Oliphant Old, The Patristic Roots of Reformed Worship, American Edition (Black Mountain, SC: Worship Press, 2004), 251–53.
[7] Calvino nunca defiende la salmodia exclusiva basada en principios, ni, como hemos visto anteriormente, era esa su práctica.
[8] Los OPC Reports of the Committee on Song in Worship defienden tanto el principio regulador de la adoración como la libertad que disfrutamos en la adoración divina al cantar y orar: «Aunque la Biblia nos da muchas instrucciones y orientaciones en materia de oración, aunque toda la Palabra de Dios nos sirve para guiarnos en la oración y aunque nuestro Señor nos dio una regla especial para orientarnos en la oración, no se nos exige que utilicemos exclusivamente y de forma invariable una forma determinada de palabras en nuestras oraciones». Tampoco se nos exige que las utilicemos en nuestros cantos en el culto.
[9] Dowley, Christian Music, 26–35.
